¿Por qué volvéis a la memoria mía,
tristes recuerdos del placer perdido,
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a aumentar la ansiedad y la agonía
de este desierto corazón herido?
¡Ay! Que de aquellas horas de alegría
le quedó al corazón sólo un gemido.
¡Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
lágrimas son de hiel que el alma anegan!

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura,
regaladas de músicas sonoras,
adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
sus alas de carmín y nieve pura,
al sol de mi esperanza desplegando,
pasaban, ¡ay!, a mi alrededor cantando.[...]

¡Oh, Teresa! ¡Oh, dolor! Lágrimas mías,
¡ah!, ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
no consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh!, los que no sabéis las agonías
de un corazón que penas a millares
¡ay! desgarraron, y que ya no llora,
¡piedad tened de mi tormento ahora! [...]

¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
que fuera eterno manantial del llanto
tanto inocente amor, tanta alegría,
tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
en que perdido el celestial encanto
y caída la venda de los ojos,
cuanto diera placer causara enojos?




Canto a Teresa

Es un fragmento de la obra El diablo mundo, la cual es una de sus obras poéticas más importantes. Es un extenso poema narrativo que contiene pasajes líricos.
Este poema va dedicado a su gran amor, Teresa. En este poema el autor se rebela contra todo lo que se opone a su yo personal, y en este caso, contra lo que limita sus aspiraciones amorosas hacia Teresa. El autor se ha llevado una gran decepción, ya que antes veía a su amada idealizada, pero, como dice él (“…llegase un día en que perdido el celestial encanto y caída la venda de los ojos,…”), ahora ya no la ve como una mujer ideal porque ha visto sus imperfecciones.